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Cuento: Los tres mosqueteros, la historia final


Por Gerardo A. Pérez Obando (Gapo)

LA VOZ DE GOICOECHEA.- La casualidad nos llevó de la mano. Estábamos en el ocaso de la reunión de veteranos recordando la década 1960 cuando elevábamos cometas en la plaza de futbol de la colonia Rodrigo Facio Brenes en Ipís de Goicoechea.

Mi mente conservaba el particular aroma de la “Reina de la noche”. La maldición tejida de ser flores estimulantes hizo desaparecer los arbustos que crecían al frente y en patios de las viviendas.

La actividad se fue desgranando hasta que quedamos solos. Un tipo somnoliento levantó amenazante un candado: - “Escojan, encerrados o caminando…no olviden las AK-47 actualizando el contexto de nuestro sobrenombre a lo que sonreímos.

Nos llamaban “Los Tres Mosqueteros” porque éramos solidarios en las buenas y en las malas. Primeros en llegar y últimos en salir (normalmente echados) de las fiestas de la época en las casas de la ciudadela.

“Uno” era quien tomaba la iniciativa sin pensar en consecuencias. Esa noche hizo señales a un taxista y sin mediar consulta ingresó al auto. “Dos” quien después de varias e incomprensibles preguntas siempre confiaba en las decisiones iniciales ingresó por la puerta trasera. “Uno” y “Dos” decían que por la impertinencia de pretender ser “la voz de la conciencia” era el único que tenía apellido, aunque en realidad era apodo sobre sobrenombre, así que yo era “Tres…el fastidioso” …”-Vamos a San José”, escuché a “Uno” decir en cuanto ingresé.

Nos quedamos en una zona oscura a un costado del Templo de la Música del Parque Morazán donde los resplandores y risas de una movida esquina nos hechizó de inmediato. Un abanico multicolor luminoso extendía los tentáculos desde el edificio a las verjas confundiéndose con los atrevidos atuendos de parroquiana/os que disfrutaban del sábado que se acercaba al centro de la noche.

En esa ocasión me adelanté a “Uno”. Las notas cadenciosas de un bolero salsa se agrandaban conforme me aproximaba al portal. Tomé un lugar en la barra, cerca del grupo musical que rodeaba a un virtuoso pianista alto y robusto que con cabeza rapada exprimía ritmo al teclado gozando del sabor que delataba su sonrisa perpetua y expresiones alegres...

…Y si veinte años no es nada…más de treinta sí. El tiempo había transformado mi mente y era poco lo que quedaba del ayer. Nunca tomé licor por lo que pedí mi habitual bebida: agua carbonatada con hielo y limón. El cantinero me recomendó que saldría más económico un trago de ron.

Minutos después entraron “Uno” y “Dos”. Se carcajearon cuando vieron mi bebida mientras juguetearon con la botella de “soda” antes de ponerla en el mostrador. Los sentí un tanto decepcionados cuando voltearon oteando por alguna mesilla libre.

Posé la mirada en la mesera. Su cara lavada contrastaba con los semblantes embadurnados del ramillete de damas que deambulaban por el lugar. La negra cabellera estaba coronada con un moño grande sostenido por una arcaica peineta de carey. Estaba embutida en un balandrán disimulador de entornos que la neutralizaba. Atendía la clientela con celeridad detrás de una fina seriedad guardando distancias. Me ruboricé un poco cuando se percató por segunda vez que mi mirada la perseguía. Al acercarse al cantinero para ordenar se posó a mi lado premiándome en secreto con una atractiva sonrisa.

El conjunto tocaba una salsa pegajosa de moda y con la primera improvisación del piano las mesas quedaron vacías. Toda/os comenzaron a bailar. Mis pies y manos seguían la cadencia del ritmo cuando sentí la calidez de un brazo rodeando mi cintura. Envuelto en el verdor de una mirada escuché decir: “- Creo que solo dos no están bailando, eso no se vale”.

La escasa “pista” que encontramos bastó. Nunca imaginé zapatear a gusto con una dama en sotana. Nuestro primer tanteo fue recíproco, parecía que hubiésemos sido compinches de baile por años. Ante la aceptación del público y la “pegada” de la interpretación, el grupo (para nuestro júbilo) estiró la pieza por un prolongado rato en que no paramos de disfrutar.

Más de media docena de botellas de “soda” tenía al frente cuando se acercó para cerrar cuentas con el cantinero mientras escuché. “- ¿Ya pagaste?, de ahora en adelante no se vende más, terminé por hoy y puedo irme”.

Traté de despedirme de “Uno” y “Dos” pero parecía que el licor les había centuplicado los apodos, entonces mejor los sorteé. Simbólicamente tiré mi mosquete hacia la mesa donde posiblemente resguardaban los de ellos.

El clima en San José era agradable y poca gente en las calles. Caminamos hasta el Parque Central. Me pidió sentarnos en las gradas de la Catedral. Graciosamente se llevó las manos al moño. Soltó la vetusta peineta y sentí en mi rostro la frescura de la cascada de pelo al desparramarse sobre su espalda. Entonces descubrí su gracia exterior.

Hablaba de todo mientras caminamos. Al pianista le decían Macondo. Ella cuidaba el trabajo porque ganaba bien. Los balandranes y cero maquillajes eran el escudo protector para pasar desapercibida...

No pregunté por su nombre, tampoco ella por el mío. Fue un cruce de caminos de bohemia que en ocasiones el destino se empeña en dibujar. Vivía en Cartago. No aceptó un café en La Esmeralda porque no saboreaba el bullicio de músicos en espera de serenatistas.

Me pidió que la acompañara al pie de la Cuesta de Moras para tomar el primer microbús de “Sacsa”. Minutos antes de partir sus brazos me rodearon, posó su mejilla en mi pecho diciendo tiernamente: - “Gracias, gracias, gracias, gra…”.

Nunca nos volvimos a encontrar…

Foto: Internet

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